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Jornadas interminables en la oficina, comidas largas y copiosas, reuniones tardías, baja productividad, poco tiempo para el ocio, imposibilidad de conciliar vida personal y laboral. Los españoles tenemos un problema: nuestros horarios. ¿Por qué no resolvemos una cuestión que nos afecta, y perjudica, a tantos niveles? ¿Por qué en muchos ámbitos se da más valor al “presentismo” que a los resultados?
Nicolás F., de 34 años y experto en marketing en una empresa de tecnología, reconoce que nunca sale a horario y que cada día sabe cuándo empieza pero nunca cuándo termina.
Después del segundo café admite, tras pedir que no se mencione su apellido a cambio de la confesión, que podría ser igual de productivo cumpliendo sus estrictas ocho horas. Y que así sería más feliz a nivel personal y estaría un poco más descansado.
Pero Nicolás F. está enfocado en ascender y cree que “dejar caer el boli” a las 18.30 sería muy mal visto tanto por sus jefes como por sus compañeros. “Aquí todos trabajamos así. Es lo que hay”, asegura.
En esa costumbre asumida como inevitable está la raíz del problema. Vivimos inmersos en la “cultura del presentismo”, en la que “hasta que no se va el jefe la gente tampoco se va a casa”, sostiene el presidente de la Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios (Arhoe), Ignacio Buqueras.
Según un estudio de este organismo, los españoles salimos del trabajo dos horas más tarde que gran parte de los europeos. Y estos resultados se basan en una jornada laboral que supuestamente acaba a las 19. Nicolás F. dice que la mayor parte de los días no sale hasta las 20, o incluso más tarde.
Muchas horas, pero no siempre bien empleadas, ya que España no destaca en productividad. De hecho los expertos internacionales suelen reclamar que se tomen medidas para poner remedio a este problema del mercado laboral nacional.
Por qué no nos vamos a casa
Buqueras explica que detrás de esta práctica tan común y tan poco eficiente hay “razones culturales, pero también mucho de inercia y hábito”.
Y también una especie de lobby anónimo y descentrado que rechaza cualquier cambio en este sentido. “Algunas personas, normalmente hombres, no se oponen a esto públicamente, porque eso resulta políticamente incorrecto, pero están haciendo todo lo posible para que siga así”, indica Buqueras.
Básicamente, se trata de personas que no saben qué hacer con su tiempo libre, o a las que no les apetece volver a casa pronto a ocuparse de las tareas domésticas o a participar de la convivencia familiar. Algo que se agrava cuando se trata de un jefe, pues su forma de actuar marca el camino para sus subordinados.
El presidente de la Arhoe señala que, en el actual contexto económico, este discurso encuentra muchas excusas, aunque equivocadas. “Dicen que al trabajar más horas hacen más por su empresa, pero no es así, hay que trabajar por objetivos y optimizar el tiempo, no perderlo”, indica.
Esta actitud “no cuadra con el siglo”, sostiene Buqueras. Por este motivo, desde la Comisión se trabaja en “intentar desterrar la cultura del ‘presentismo’, que está bastante arraigada, y promover en su lugar una cultura de la eficiencia buscando la excelencia”.
“En un mundo tan globalizado, complejo y competitivo, y más en una situación de crisis profunda, solo los países que intenten una cultura de optimización del tiempo podrán salir adelante”, destaca.
Para los expertos que trabajan en la Comisión, en España, además de un hábito absurdo, tenemos “cierta escala de prioridades no adecuada al siglo actual, que apunta a vivir para trabajar y no al revés”.
Peor para las mujeres
Buqueras alude al peso que, en este sentido, suele recaer sobre las mujeres, cuando son ellos los que alargan las horas de oficina y ellas las que deben ocuparse tanto de su trabajo –lidiando allí, a su vez, con los horarios extendidos- como de la casa y la familia.
Además las mujeres en esta situación sienten que “ya no rinden como antes” de tener hijos en el trabajo y “los niños sufren” al no recibir la atención adecuada.
Así, el titular la Arhoe defiende que “la conciliación y la igualdad reales pasan por tener unos horarios racionales. Hasta entonces es pura demagogia lo que se habla”.
Añade que “la mujer ha salido de casa pero el hombre aún no ha terminado de entrar” y que la verdadera perjudicada a raíz de todo esto “es la sociedad española”, pues “tenemos muy baja natalidad y alto número de separaciones matrimoniales”.
El horario ideal
Desde la Comisión se defiende que no existe un horario de trabajo ideal y único para todos, pero que sí existen algunas premisas fundamentales.
La primera de ella es que las empresas empiecen por flexibilizar la jornada laboral. A partir de allí se propone como “horario adecuado” aquel que contemple la entrada entre las 7.30 y las 9.30 y la salida entre las 16.30 y las 18 como máximo.
Y que se ponga fin de una vez por todas a ciertas prácticas que hacen imposible cumplir con ese reloj. “Al mediodía no es necesario parar más de 45 o 60 minutos. Hasta media hora es tiempo suficiente para tomar una sana dieta mediterránea”, aconseja Buqueras.
También aboga por “suprimir el desayuno de por la mañana”. “Hay que salir de casa bien desayunado, como aconsejan los médicos. No puede ser que a la media hora de llegar a la empresa la gente salga a tomar un café que se alarga y ya complica la jornada”, afirma.
Por último, Buqueras pide que el resto de la vida pública se organice en torno a estos horarios, de forma que el día empiece más temprano y también termine antes.
“Los programas de máxima audiencia de la TV no deben ir más allá de las 23. Porque el español duerme unos 53 minutos menos que la media europea y eso es preocupante, pues afecta en productividad, absentismo, estrés, fracaso escolar y siniestralidad, en lo que somos líderes en Europa”. Fuente . |